Chindasvinto estaba encantado.
Al atardecer se acercaba con las cabras al campamento romano. Entre risas y señas se comunicaba con aquellos simpáticos legionarios.
Pensaba que su padre de treinta y ocho años comenzaba a chochear.
El buen hombre andaba enfurruñado, " No nos traeran nada bueno " le repetia una y otra vez.
Chindasvinto ya era un experto en numeros romanos y chapurreaba el latín con acento numantino según le habian explicado.
"Si no sabes latín seras un cabrero toda la vida", le habia dicho su amigo Recaredo ( que tenia considerable exito con las chicas ).
Su amigo vestía con desparpajo telas romanas y mantenia un trajín de idas y venidas acompañado de unas amigas suyas muy desenfadadas, hasta el campamento de los soldados.
Iban al atardecer y volvian al amanecer.
Había grandes signos de progreso.
Según le habia explicado Whitiza ( el dueño de la tienda de viveres ), el camino empedrado que aquellos desenfadados hombres de Roma construian de sol a sol, traeria mucha riqueza a la gente que habitaba Numancia.
El nuevo metodo de intercambio se llamaba "impuestos"
¡Que inteligentes son estos romanos!. Pensó.
Las obras avanzaron muy deprisa.
La innaguración fué un exitazo.
Para darle pompa a la cosa, aquellos romanos trajeron multitud de hombres con cascos empenachados y desfilaron con sus carros, torres , arietes, caballos y maquinas de guerra
Avanzaban por el camino que habian construido a una velocidad desconocida para un ejercito de la época.
Sin duda era la materialización de aquel nuevo concepto que habia aprendido y que nombraban progreso.
Chindasvinto preguntó a uno de los romanos de paisano que observaban el majestuoso desfile, de que manera nombraban el acontecimiento festivo.
"Tormenta" le contestó un amable soldado que chapurreaba el Ibero..."TORMENTA ROMANA"