La navegación a vela es una gran experiencia. Cuanto más pequeño es el bajel, más a merced de los cambiantes fenómenos meteorológicos se encuentra su capitán.
El pelo se eriza con los cambios de la brisa y el equilibrio se examina con cada una de las olas que se elevan bajo la orza.
Los vientos suben y bajan el ímpetu y cambian su dirección, a veces de un modo imprevisible.
La vista escruta el horizonte y descubre espumas y brillos que la experiencia analiza.
Las manos sujetan la caña que gobierna el timón y se interpreta su fuerza.
La naturaleza no tiene intención y el marino anhela su puerto. Por ello hay que cambiar las velas, ajustar su superficie, su plano en relación con el viento, el abombamiento, la flexión del palo.
En ocasiones es preciso abordar cambios profundos: Trimar la jarcia, cerrar escotillas, incluso utilizar arnés para no salir despedido a una mar que nos reclama.
Nuestros propios medios pueden convertirse en los verdugos...Una botavara incontrolada, un cabo que se suelta o aferra de improviso o acaso un fijación sobre cubierta que busca nuestro pie para impedir su paso.
El viento en ocasiones arrecia tan fuerte y la mar está tan levantada que un par de manos no pueden ni con el timón ni con el chigre. El corazón se encoge y el ánimo desfallece y nos parece que hemos llegado al limite de nuestras fuerzas.
El esfuerzo sinérgico de los navegantes conforta las mentes y al final la tormenta cede. La sonrisa vuelve a los labios y nos sabemos más expertos.
Todo ello y mucho más es el arte de de navegar, de vivir entre las cretas espumosas de las olas y el espejo aceitoso de la calma.
Entre el partir y el llegar hay bellos atardeceres y preciosas madrugadas. También tormentas desatadas y calmas desesperantes.
Al final la taberna del puerto, siempre acogedora.
Para vivir hay que ajustar nuestra mente y nuestro cuerpo, como las velas.. Adaptarse a los vientos y las olas de lo cotidiano hasta morir.
La muerte al fin como decía Borges ..."Es una vida vivida"
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