miércoles, 22 de mayo de 2013

ESCUCHA EL SONIDO DE UNA MANO


"No intimidó a este hombre señalado
la fama de los dioses, ni sus rayos,
ni del cielo el colérico murmullo."
(Sobre Epicuro)
                   LUCRECIO
Conglomerado de boniches

La literatura zen ha formado una parte importante de mi lectura, también su práctica, aleccionado por sus autores, eso si, bien alejado de monasterios como advertía algún escritor.
Mi carácter me alejó del Yoga que consideraba demasiado esotérico y me acerco al Zen por su lenguaje críptico.
Como una trucha perseguía los brillos del anzuelo Zen hasta quedar prendido de su muerte.
La experiencia dejo su poso y pasados los años sedimentado el discurso y mezclados los lodos, reconozco en su cultura buenos logros.
Resolver el Koan es una parte importante de este ejercicio budista y la literatura está llena de ellos e incluso como un solucionario de preu se editan los resultados pervirtiendo el fin de su enseñanza.
Durante años no encontré solución alguna para el perverso acertijo del sonido que procura una mano. Hoy mientras caminaba por el bosque en mi entrenamiento y alejado de las prácticas budistas, una solución aparece de repente.
Tuve buenos profesores en el instituto y no solo por contraste con los de los salesianos, comunidad en la que estuve interno cuatro años. Aquellos profesores del instituto eran buenos y sobretodo humanos.
Por humanos quiero decir sin aura, hombres y mujeres que mostraban filias y fobias e impartían sus conocimientos con gran seriedad y consideración desde la tierra y para la tierra.
Tuve gran suerte con mi profesor de Filosofía, con el de Historia que me hizo ver más allá de los cuentos tendenciosos y me enseñó a buscar en las piedras y vestigios las voces del pasado.
Con el de griego que hacía resucitar los héroes de la Eneída hasta estremecerme el corazón.
Con el de física, con el de matemáticas y aun el cura de aquella serie de creyentes obreros que quedaron en el camino estrellados contra los pilares de san pedro.
Aquella formación adolescente me hizo volar lejos del averno y me juré no volver jamas sobre sus aguas.
A aquellos hombres y mujeres, junto a mi padre que cuando volvía a casa con un nuevo mensaje de ultratumba contestaba pacientemente " Calla carallot"  he de agradecer que no perdiera mi vida por imaginarias culpas y pecados precisando más tarde el perdón de los ungidos
Hoy gracias a todos ellos he resuelto el koan del sonido de una mano.
Vuelvo a casa entrenado y más contento.

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