domingo, 14 de febrero de 2016
MIENTRAS CAPEAMOS LA TORMENTA
Sentado delante del ordenador observo como los efectos de la tormenta se manifiestan detrás de los cristales que me muestran el cielo de poniente.
Llevo esperándola varios días. Fuertes rachas de viento y poca lluvia de momento. ¡ Con la falta que nos hace !.
Es una tarde estupenda para componer el post de la última excursión. Otras nubes envolvían nuestros pensamientos.
Entre ellas el presagio de las vidas que se apagan.
Los humanos entendemos las cosas, pero aunque se apaguen las llamas, siempre queda el rescoldo del sentimiento. En eso creo que tardaran en alcanzarnos las maquinas de inteligencia artificial.
Nuestra subjetividad barniza los sucesos del entorno y debe haber tenido un importante valor evolutivo. Desprenderse totalmente de la autorreferencia parece una tarea imposible hasta cuando hablamos del universo que nos contiene.
Muchas visiones diferentes pueden darse en un mismo camino. Siempre hay que estar atento a no ser atropellado. Hago la foto y me aparto como un torero, en el último momento, aceptando cierto riesgo.
Después de eso ya nada nos perturba, el camino recupera su silencio y continuamos hablando de otras nubes, de otros vientos.
No importa que el paisaje sea el mismo, tampoco nos aburre que sea conocido. Es un marco, que sitúa un nuevo ambiente producido por el tiempo transcurrido y el sentimiento que manejamos. Todo ha cambiado desde la última semana, hasta lo que parece imperceptible.
Contemplamos la imagen de la Hoya, tantas veces que la hemos visto y nunca es la misma. Nuestro sentimiento cambia y con el, el paisaje.
La tormenta que parecía incontenible al comenzar la escritura, se ha convertido en un plácido atardecer de nubes iluminadas por el sol de la tarde, con el fondo de un cielo azul claro.
Todas las tormentas pasan y de ellas nos queda el recuerdo de lo bien que las afrontamos. Y sino no queda nada. Ni el recuerdo.
Mi amigo posa en las ultimas luces del crepúsculo delante del aljibe abandonado, tan importante para los hombres en su tiempo, ahora esta marcado con bolardos fosforescentes.
Buscamos el encuadre para que se oculte su brillo, tan anacrónico para la cisterna como molesto para la foto.
Hay tormentas que son solo eso, bolardos anacrónicos que brillan en la oscuridad mientras los hombres no aprendemos a esquivarlos.
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